Primitivos modernos. La acelerada colisión del pasado y el futuro

http://clon.uam.mx/local/cache-vignettes/L235xH300/chained_1978_web-c98db.jpgTexto: por Steve Mizrach

Traducción: z Kevorkian

Tomado de: Modern primitives

Hoy en día, en gran parte gracias a los editores de Re/Search, Loompanics, Autonomedia y Amoc Press, mucha gente está familiarizada con el movimiento “primitivo-moderno”. Saben que tiene que ver con una extraña yuxtaposición de alta tecnología y “bajo” tribalismo, animismo y modificación corporal —una clase de “tecnochamanismo”, si se quiere, a un mismo tiempo, trance y danza kinética. En libros como Count Zero, de William Gibson, ultracomplejas inteligencias artificiales encarnan la personalidad de dioses del buduísmo haitiano, apoderándose de las mentes de los iniciados a través de redes neuronales, creando una tecnoreligión.

La idea de “primitivo” es, por supuesto, tomada del abandonado pasado socioevolutivo de la antropología. Mientras que fue un término inventado para simplemente funcionar como una descripción de fases temporales, funciona también inevitablemente, como un término valorativo, sugiriendo que esas sociedades a las que es aplicado son inferiores en términos de alfabetismo, conocimiento, tecnología, organización social o juicio moral, en una palabra carecen de “civilización”. Esta noción era claramente etnocéntrica, en tanto que asume que todas las sociedades en el planeta tendían hacia un fin común, constituido por los stándares de la cultura occidental, referente a religión (monoteísmo), prácticas maritales (monogamia), economía (libre mercado), gobierno (democracia representativa), etcétera. El “primitivo” era al mismo tiempo subyugado y romantizado, especialmente por los artistas románticos fascinados con el tabú y el exotismo, y filósofos conquistados por la imagen de un “noble salvaje”.

Mientras que una antropología culturalmente más relativista ha vislumbrado la depuración de las ideas peyorativas asociadas con el término “primitivismo”, han preferido describir ideográficamente más que evolutivamente a las sociedades menos “avanzadas”, premodernas, índigenas del planeta, el término de “primitivo” permaneció como un referente poderoso en la cultura occidental, la cual internalizó representaciones de “primitivos” dentro (los nativos americanos) y fuera (sociedades de Oceanía y África). Para mucha gente dentro de la órbita de la civilización occidental (la cual se impone crecientemente en todo el planeta), lo “primitivo” aún significa una alternativa premoderna, “no contaminada” a la industrialización, el capitalismo y la Ilustración europea. Esto representa un conveniente pasado de “Era Dorada”, de todas esas cosas desplazadas en la marcha del “progreso”, al cual se yuxtapone necesariamente un futuro de distopia tecnológica.

Y entonces, claro está, llega la modernidad. El significado de ser moderno es todavía un debate, lo mismo que la noción de haber dejado atrás la condición de modernidad. Si acaso, modernidad es probablemente la visión de que el futuro podría ser radicalmente diferente (y mucho mejor) que el presente. Efectivamente, en las artes, la modernidad ha sido asociada con la corriente del futurismo, involucrando un impulso hacia la acción, la velocidad, el poder, la abstracción y el cambio, así como lo pregonaban otros movimientos de la vanguardia: surrealismo, dadaísmo, expresionismo, etcétera.

Modernidad significaba básicamente experimentación para mucha gente, una actitud de resistencia a ser encasillado por las convenciones del pasado y una demanda para conmover la moral y tradiciones de la burguesía. Nuevos territorios —el inconciente de la mente— fueron abiertos a la investigación y la creación.

El posmodernismo, si acaso, es en esencia una combinación de la modernidad y lo premoderno —un género neblinoso de lo abandonado y de lo no intentado. En un mundo donde lo antiguo (tradición, superstición, folclor, creencias, etcétera) es crecientemente abandonado, no puede existir algo más nuevo y vanguardista que reintroducir lo viejo… de ahí el irónico estado de la modernidad. No puede haber mayor movimiento posmoderno que el de los “primitivos-modernos”, determinados a seguir los caminos simultáneos del pasado y del futuro hacia su inevitable colisión. Habiendo asumido al mismo tiempo un pasado mítico de baja tecnología y un también futuro mítico de alta tecnología los “primitivos-modernos”, son ciudadanos prominentes de la era cíclica posmoderna.

Los “primitivos modernos” como Stelarc y Fakir Mustafar son quizá mejor conocidos por sus técnicas de distorsión corporal, modificación (prolongación y coloración) y perforaciones. Muchos hombres modernos estaban familiarizados (por la antropología visual) con las prácticas descubiertas en culturas menos “civilizadas”, tales como la compresión de los pies, la prolongación del cuello o del cráneo, o la incisión ritual. La manipulación del cuerpo no es ajena a la modernidad, con el uso de la más aceptada y antiséptica cirugía plástica, pero también el tatuaje y la perforación se han vuelto algo bastante común. El hombre moderno nunca se dio por vencido ante la urgencia de inscribir en y marcar el cuerpo, o alterar y distorsionar sus funciones. De hecho, la teoría biopolítica de M. Focault sugiere que una de las funciones preeminentes de la modernidad fue la búsqueda inalcanzable de normas somáticas, especialmente para las mujeres. Sin embargo, muchas personas en la actualidad consideran la coloración del cuerpo (tatooing), como transgresivo, exótico y “primitivo”, y ésta es una de las más poderosas razones para que los primitivos modernos lo adopten como una costumbre, y el factor que hace inusual al movimiento primitivo moderno es la aventura de la sensación.

Tomando algunos valores estéticos y sensoriales de la subcultura sexual sadomasoquista, los primitivos modernos argumentan que uno de los efectos de la modernización y la industrialización, ha sido el estancamiento psíquico. La gente actual ya no sabe qué es el placer o el dolor auténticos, y han olvidado los curiosos caminos neuroquímicos en los que se imbrican. Las perforaciones (piercing), son más que una inscripción corporal; la perforación de los genitales y otras áreas sensibles del cuerpo, significan dolor, especialmente durante el acto sexual… pero es el dolor el que se convierte parte del éxtasis para los modernos primitivos, una filosofía que predica el conocimiento a partir del dolor, olvidado por la modernidad.

Cuando Mustafar o Sterlac se cuelgan de la piel con ganchos de acero, o se perforan con implementos filosos y dolorosos, tan sólo están reproduciendo una práctica descubierta en todo el mundo. Es un ritual básico para muchos “primitivos” y sus sociedades, el inducir al individuo a sumergirse en un trance y demostrar que su “absorción” por una entidad divina, a través de la negación del dolor y las heridas. Los primitivos modernos establecen que sus representaciones son en busca de la trascendencia, probando la habilidad de la menta para traspasar las limitaciones del cuerpo. Sterlac se considera a sí mismo como un “ciberhumano”, justificando sus creencias en que el futuro de la evolución humana hacia una mejor interconexión entre humanos y máquinas, requerirá una maestría del género humano por sobre (en lugar de la supresión) de la pasión, el sufrimiento y el dolor.

Dentro del movimiento de los primitivos modernos existe una especie de obsesión ante la invasión tecnológica del cuerpo, por medio de las prótesis quirúrgicas, modificación genética, implantes, etcétera. Esta invasión corporal es simultáneamente temida (como la colonización por el capital) y deseada (permitiendo a la gente vincularse neurológicamente con una “alucinación consensual”, la realidad virtual de W. Gibson). El cuerpo es considerado como información (el ADN proporciona el “código”) y su invasión es tanto caótica (a través de virus, cáncer, etcétera), como purificadora (eliminando el ruido o la distorsión). La modificación tecnológica del cuerpo es concebida como una lectura “moderna” de la deconstrucción chamánica de eras pasadas, donde los sacerdotes-chamanes son separados por los dioses de su tribu, y entonces sus huesos y carne son reemplazados por con piedras ígneas, o alguna otra cosa.

Las limitaciones del cuerpo necesitan ser obedecidas. Los cuerpos no pueden ser creados para vivir prolongadamente o ser más saludables, por medio de órganos artificiales o las “balas mágicas” de la nanotecnología. Tal vez puede fortalecerse y ser más resistente con el uso de esteroides o sustancias que mejoren la transmisión de las señales nerviosas. La mente también puede expandirse, su memoria, percepciones o inteligencia pueden incrementarse. El deseo del hombre primitivo en la imitación y aspiraciones a ser como sus dioses, pueden cumplirse. No obstante, los primitivos modernos saben bien que existe el peligro de olvidarse también del cuerpo (en el ciberespacio las personas dejarán de estar en sintonía con su fisicalidad tangible), de ahí que busquen afanosamente los medios para obtener una retroalimentación del gran sistema (Matrix), para hacer esta experiencia táctil y visual.

Esta tribu de primitivos modernos adopta también el fenómeno cultural del rave como un signo de fusión entre el pasado y el futuro. Un rave es al mismo tiempo primitivo, con la reunión de tribus de jóvenes en busca de una experiencia mística, a través de la kinesis y la MDMA (Ecstasy), y futurístico, con el uso de la tecnología digital en la remezcla y “sampleo” de la música, aunada a los efectos de iluminación y multimedia. Puede apreciarse que los ravers se visten de tal forma que representan valores estéticos que unen al pasado y al futuro (perforaciones junto con chips de computadora, vestimenta que se remonta al hippismo de los 70 y se fusiona con hologramas futuristas y joyería de plástico, combinando elementos aparentemente contradictorios como los del folk y el punk. Se consideran herederos de la contracultura de los 60, pero también de su antítesis, porque rechazan sus valores anti-tecnológicos y los ideales de “paz y armonía”, en aras de una identidad más pragmática, agresiva y favorable al avance tecnológico.

Imágenes tomadas de: Sterlac y Fakir Mustafar

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