Transformaciones sociales y culturales en la era de la información

En el umbral de una revolución tecnológica, es justo preguntarse si estos nuevos beneficios podrán resarcir el abismo entre quienes tienen y no tienen acceso. Tan sólo la posesión de una línea telefónica es aún inasequible en numerosos países en desarrollo. Por ejemplo, en India se tienen 5 millones de líneas telefónicas, ante una población de 850 millones, y en América Latina sólo el 7% de la población tiene teléfono, y muchos críticos opinan que la revolución digital aumentará más el rezago tecnológico de millones de personas en el mundo y tal vez esa es la paradoja en este proceso: las tecnologías de la información y comunicación (TIC) descentralizan una parte de los medios y procesos de producción, típicos de la era industrial, liberan al individuo de las ataduras centralizadas, monopólicas y unidireccionales, pero no todos los individuos están aptos para ello, y aunque la disponibilidad tecnológica se abarata y masifica, el conocimiento sobre su uso se especializa, acelera y transita. También paradójica resulta la ventaja estratégica de esto, ya que muchas de las regiones atrasadas, una vez que acceden al conocimiento y aprovechamiento de las nuevas herramientas en teoría están listas para dar el salto en el usufructo de las telecomunicaciones y los recursos de cómputo del mundo desarrollado, y sin mucha dificultad para poner al día sus comunicaciones nacionales de políticas públicas, educativas, culturales, profesionales y conectarse con la nueva economía global desde una plataforma local, de públicos con necesidades específicas. La rápida digitalización de China en los últimos ocho años es un ejemplo claro de este proceso.

La viabilidad tecnológica para incorporarse a las redes mundiales de información cada vez tiene que ver menos con los costos materiales y más con los capitales simbólicos, el conocimiento y la experiencia, y un buen ejemplo son las emisoras multimedia en red, que ponen de cabeza el modelo de negocio de los grandes consorcios radiofónicos, por ejemplo. El uso y desarrollo del software libre invierte la relación para instalar una emisora y vuelca el valor de los productos en los contenidos y no en las inversiones de capital y sus lógicas de estandarización masiva.

Si se toma como ejemplo la televisión, se tiene que en 1960 menos del 1% de los hogares norteamericanos tenía al menos un aparato de televisión a color, y hoy esa cifra es del 98%, y esto fue posible por el abaratamiento de los costos de tener un televisor. Hoy nos aproximamos al punto en que una computadora personal cuesta igual o menos que una televisión, y aunque en México estamos a la zaga en el abaratamiento de los servicios de banda ancha, la tendencia es indeclinable y llegará el momento en que se considere esencial para nuestra vida diaria.

La pregunta está en los usos de la tecnología y su poder para romper los paradigmas obsoletos Por ello el factor principal no depende del poder adquisitivo de las personas para estar en la red, sino de factores intangibles como la cultura y la educación para aprovechar este nuevo medio. Estos valores intangibles obviamente tienen que ver con la situación socioeconómica de una familia, las políticas de gobierno y el sentido de responsabilidad social, pero ello no dependerá de que una familia sea rica o pobre, sino a la conciencia de involucrarse con la era digital.

La tecnología está disponible y su uso depende de la actitud individual. Pero adquirir un equipo de conexión a Internet es sólo la punta del iceberg pues los cambios en la sociedad a lo largo del siglo XXI serán de tales dimensiones que muchas de las tendencias de cambio consideradas marginales hoy, serán parte de los cimientos de la organización social del mañana. En este contexto los estudiosos del futuro consideran que la globalización del último tercio del siglo XX será el punto de partida para nuevos modelos de organización regional y local. Los intensos procesos migratorios, la convivencia multicultural y el renacimiento de los regionalismos, apuntan hacia la disolución de las fronteras nacionales, en un proceso que tiende hacia la organización tribal, donde predominará el sentido comunitario.

Estas tribus del tercer milenio regresarán a formas de vida en que la unidad social se define sobre la base común de valores, ideas, idioma, costumbres e intereses colectivos. Un ejemplo tiene que ver con el desmoronamiento de las antiguas Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia, fragmentadas en pequeños países identificados con sus raíces étnicas y cultura política propia. Por otro lado, las tecnologías digitales tienen las propiedades de catalizar estas tendencias, pues permiten la comunicación entre personas y grupos y ofrecen las herramientas para que se organicen a su manera. Estas tribus podrán asumir muchas de las actuales funciones institucionales de los gobiernos y parlamentos, pero el uso de la tecnología permitirá compartir instantáneamente los valores importantes para el grupo.

Estas tecnologías simultáneamente reforzarán las tendencias hacia el localismo y la globalización. Darán poder a grupos muy pequeños de personas, permitiéndoles interactuar libre y autónomamente con el mundo, pero al mismo tiempo participarán en un mercado global integrado, que minimiza por naturaleza las barreras políticas y artificiales entre las sociedades. Este pronóstico establece que las grandes naciones y sus estructuras administrativas cada vez menos representan y solucionan las necesidades de las minorías, al mismo tiempo que hace muy poco por éstos en el escenario global, y esto está dejando de ser útil. Estos profundos cambios sociales darán pie a nuevas formas de organización familiar y laboral, donde la monogamia y la familia nuclear dejarán lugar a estructuras más funcionales de acuerdo con nuestros tiempos, como familias con un solo padre, unidades colectivas de formación y educación, más participación de los demás miembros del grupo en el cuidado de los menores, etcétera.

Todos nosotros, como integrantes de una sociedad, somos testigos de una transformación, de la era industrial a la digital, una extraordinaria transición histórica que nunca se había visto a tan gran escala. Cada uno de nosotros experimenta un cambio personal, y depende de millones de decisiones individuales la manera en que moldearemos este nuevo mundo. Basta mirar alrededor, en la oficina o el centro de trabajo hace dos años. ¿Cuántas computadores personales y dispositivos digitales se adquirían entonces? ¿Cuántos tipos de trabajo cambiaron por ello? Si se atiende a las conversaciones recientes con familiares o amigos cercanos, ¿cuántas veces se ha escuchado que se comprará una computadora, que se desea estar en línea o se ha discutido la conveniencia del correo electrónico y el chat además de las facilidades que ofrece Internet? Y si se enciende la televisión, es raro no encontrarse con decenas de comerciales que anuncian las tecnologías del presente y futuro inmediato. Es cosa de todos los días.

El viejo sistema, relacionado íntimamente con la era industrial, y que ha invertido mucho en las instituciones que lo soportan, aún tiene mucho poder y seguirá rigiendo nuestras vidas por algún tiempo, haciendo posible que millones de personas sigan viviendo a sus expensas, pero un nuevo sistema digital está naciendo, conjuntamente con una nueva economía apegada a la dinámica de nuevas industrias, organizaciones y modelos de negocios, derivados de las posibilidades de conectividad total de las nuevas tecnologías en telecomunicaciones y cómputo. Este nuevo modelo económico es propicio para los pioneros, aquellos emprendedores que aprovechan la primera curva de ascenso experimentando la naturaleza del nuevo medio y sus oportunidades.

Pero incorporarse a la revolución digital puede resultar actualmente incierto, lo mismo que el futuro, que parece cambiar día con día, a un ritmo difícil de comprender por el ciudadano común, pero es claro que la sociedad y la economía tiende hacia esa dirección. Ante este panorama, cada uno de nosotros nos enfrentamos con nuestras decisiones individuales; podemos elegir mantenernos en el viejo sistema e ignorar los signos del futuro inmediato, pero también podemos entender los cambios que suceden ante nuestros ojos y sumarnos a su curso inevitable.

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