Enteógenos y estupefacientes: diferencias y definiciones: un punto de partida multidisciplinario

El consumo de estupefacientes, y el fenómeno del narcotráfico en la sociedad contemporánea, particularmente en nuestro país, sobre todo a la luz de las cifras que han tratado de matizarse sobre el considerable aumento en el consumo de sustancias ilegales como mariguana, cocaína y las llamadas metanfetaminas o “drogas de diseño”, principalmente, y la participación del crimen organizado en el juego del poder, cuyos orígenes pueden remontarse hasta tiempos de la conquista española, pero que años recientes sale a la luz pública con particular violencia, con una ola de ejecuciones documentada todos los días por la prensa y medios electrónicos desde hace tres años con altas y bajas de impacto mediático, que pueden tener su explicación en el orden político y sociológico.

Las bienvenidas observaciones de Víctor nos hicieron reflexionar en un debate que ya tiene varios años en la academia, y es el relativo a la objetiva distinción y definición de las sustancias que alteran la conciencia, desde su uso místico y hasta religioso, característico de las culturas ágrafas, y el consumo masivo alienante de algunas de ellas, prácticamente todas ellas ilegales en las legislaciones contemporáneas en casi todo el mundo. Digamos que los usos de estas sustancias determinan el enfoque de la problemática que se busca analizar o entender, y esta reflexión sirve entonces para iniciar un debate enriquecedor que arroje luz sobre la historia del uso de enteógenos y el fenómeno contemporáneo del consumo de sustancias ilegales alienantes, principalmente en las sociedades urbanas contemporáneas y en el México de hoy.

Método y definiciones

Para no incurrir en interpretaciones inexactas o en subjetivismo empírico del periodismo –por demás necesario para documentar y estudiar fenómenos coyunturales como el narcotráfico o las políticas públicas para prevenir adicciones–, buscaremos delimitar precisamente estos conceptos básicos, recurriendo a una fuente especializada como la academia de la Universidad de Barcelona, una de las más prestigiadas en el mundo en ele Studio de los enteógenos, y particularmente el estudio en español intitulado El peso central de los enteógenos en la dinámica cultural, del Dr. Josep Mª Fericgla, del Institut de Prospectiva Antropològica, MGS-Universitat de Barcelona. En la primera parte de su ensayo el autor explica la etimología y semántica del término enteógeno, y da una explicación de la conveniencia metodológica para su utilización: “Este término –dice Fericgla–, que muchos investigadores ya conocen, fue propuesto en el año 1979 por un pequeño grupo de científicos formado por los filósofos Carl Ruck y Danne Staples, por el etnomicólogo Robert Gordon Wasson, y los etnobotánicos Jeremy Bigwood y Jonathan Ott. El término se está difundiendo de manera rápida entre los especialistas y en la actualidad ya hay abundante bibliografía donde aparece este neologismo. La etimología de enteógeno deriva del griego clásico y viene a significar “que genera dios dentro de mí” o más libremente “dios en de mí”. La matriz de este término es theus (dios) y gen (que genera o despierta), y ya era usado en el mundo helénico para describir la inspiración poética o profética y para describir el estado de catarsis sagrada producida por el consumo de plantas psicótropas, práctica que estuvo vigente en la Grecia clásica durante más de 2000 años”. Precisa más aún el investigador catalán y señala que el término “enteógeno”, tanto en forma de sustantivo como de adjetivo, viene a sustituir categorías como “alucinógenos” o “psicodislépticos”, que con sus connotaciones negativas de psicosis y alucinación eran de uso científicamente inadecuado. Nunca fue correcto decir que los chamanes toman “psicodislépticos” o “alucinógenos”; y tampoco es literal decir que consumen “narcóticos””, con lo cual para nosotros queda claro que el vocablo “enteógeno” es aplicado a las sustancias que son consumidas desde hace miles de años con el propósito de alterar la conciencia con fines espirituales, medicinales, religiosos, asumir un estado de éxtasis, y hace referencia al llamado hombre de Similaun, del IV milenio a.C., entre cuyos objetos hallados, en los altos Alpes fronterizos entre Italia y Austria, se encontraron restos de hongos psilocíbicos europeos, lo que permite deducir que “el consumo de enteógenos es una práctica cuasi universal en el ser humano, en especial entre los pueblos ágrafos, y tiene un importante peso específico en distintos ámbitos de la cultura, y no precisamente en ámbitos marginales”, y destaca su importancia antropológica, “cultural y cognitiva” de los estados modificados de consciencia autoinducidos por medio de los “embriagantes sagrados” que “casi todos ellos de origen vegetal”, lo cual nos permite avanzar en un marco bien definido por la intención del uso de estas sustancias, para contraponerlas a aquéllas que generalmente son compuestos químicos y que generalmente conducen a estados físicos y psicológicos de alienación, que entrañan ingredientes altamente adictivos y dañinos.

Aunque el ensayo del Dr. Fericgla sólo aborda tangencialmente esta tendencia creciente en el mundo al uso de sustancias ilegales, es afortunado para nuestro propósito aquí el marco en el que ubica esta problemática: “En línea con la multitud de estudios y filosofías actuales referidas al proceso de mundialización que estamos viviendo, cabe afirmar que hemos convertido el mundo en un gran supermercado de símbolos. Todo es comprable y vendible en tanto uno se conforme con la imagen, con la faz simbólica del asunto”. Este patrón de consumo, hoy claramente identificado y documentado con sólidas encuestas e investigaciones, entraña una advertencia: “El mundo está a un paso de transformarse en una insólita y tiránica gran superficie de venta de valores por donde cada uno puede pasearse con su carrito de la compra y, pagando, puede conjugarlo todo: coger un poco de armonía budista para afrontar los problemas, una pizca de ideología de izquierdas si se es asalariado (o empresario ¡tanto da!), algo de colorido africano en el vestir o contribuir con alguna ONG para ayudar a alguien y sentirse así mejor (lo cual no quita que la ayuda sea eficaz respecto de los receptores de ella). Estamos en camino de construir un mundo donde sólo cuente el símbolo; la mundialización se basa en comprar y vender imagen, esta es la cuestión clave”.

Hemos insistido en este espacio que los hábitos de hiperconsumo, son condición esencial, motor primario del capitalismo y la cosificación del individuo, es consecuencia y condicionante de comportamientos alienados, ante la vacuidad espiritual y cultural del sistema de posesión de bienes materiales en un entorno altamente simbolizado con estilos de vida que preconizan la narcosis como un limbo atractivo para la juventud, presente en los productos diversos invasivos de las industrias del entretenimiento, un objeto del deseo a cada vez menor edad.

Nos gusta como lo dice el autor del ensayo citado: “Tal forma de entender el mundo y de vivir la vida es el más adecuado para los rígidos sistemas de control de los actuales Estados: en tanto todo se trate de un como si fuera auténtico, es más simple controlar las sociedades, aceptar formas de vida distintas (ya que sólo se trata de las formas externas en el vestir, en el peinado o en los lugares de moda, y lo importante es que hayan lugares de moda donde la gente invierta su dinero), y cobrar los impuestos que gravan toda forma de consumo de manera cada vez más onerosa”.

El poder económico y político del narcotráfico que no puede entenderse sin una política de la prohibición, con el mecanismo vicioso de contubernio y corrupción y las periódicas olas de violencia entre cárteles rivales, como se ha vivido en México en los últimos meses, y la proximidad geopolítica de Estados Unidos, núcleo de las políticas prohibicionistas y paraíso de los estupefacientes, son los ingredientes necesarios que sustentan un análisis a fondo que recurra a los hallazgos académicos, los datos duros y la información periodística necesaria para documentar los hilos conductores que lleven a visiones alternas de esta problemática y sus filosas aristas.

Los ejemplos de Fericgla aplicables a las sociedades estadounidense y europea de la última década del siglo 20 remite a lo que llama “radical prohibición del enteógeno occidental y moderno por excelencia, la dietilamida del ácido lisérgico 25 o LSD-25”, y explica que ”a partir del consumo generalizado de la LSD-25 en la década de los años 60 en los EEUU, nació un nuevo patrón cultural (al que se denominó contra-cultura de forma harto significativa) que dura hasta la actualidad: el arte pop, la música moderna, las formas en el vestir y peinados, el ambiente lumínico de las discotecas, las nuevas formas de entender el amor y la sexualidad… todo ello ha tenido una relación indisociable con la experiencia psicodélica de los años 60”. El uso clínico de esta sustancia y sus éxitos experimentales en varios campos científicos desde por lo menos dos décadas antes no impidió que fuera radicalmente prohibido. “Obviamente, los beneficios registrados con el uso de estos milenarios embriagantes no quita que su consumo implique ciertos peligros bajo ciertas condiciones, y de ahí las normas restrictivas que lo limitan entre los pueblos ágrafos; pero en último término también cabría proscribir los coches, el sagrado vino de los cristianos y las aspirinas (cuyo ligero exceso provoca hemorragias intestinales) por el mismo motivo”, acota el investigador.

A pesar de que las legislaciones en algunos estados de EE.UU. y países europeos se han relajado en el campo de la medicina y la investigación médica y psiquiátrica sobre la aplicación terapéutica de enteógenos. “En España, por ejemplo, la comisión nacional de ética acaba de otorgar permiso para la realización de un estudio farmacológico del efecto de la ayahuasca sobre humanos, lo cual implica el consumo de este enteógeno por parte de sujetos no experimentados ya que no hay consumidores oficiales de ello (situación que no puede darse respecto de estudios equivalentes sobre heroína, MDMA, cocaína u otras substancias ilegales, porque se acusaría a los investigadores de instigar el consumo de narcóticos prohibidos, por lo que sólo pueden realizarse estudios humanos a partir de drogadictos declarados y voluntarios)”, razonamiento que subraya una de las limitaciones más ominosas de las políticas de prohibición.

Ateniéndonos ahora estrictamente a lo que se refiere al impacto social, particularmente en México, del uso masivo de sustancias tóxicas ilegales, como las mencionadas por nuestro autor en el anterior párrafo, tendremos que incorporar las distintas estructuras problemáticas que componen la cadena del consumo de estupefacientes.

Las modernas acepciones para términos recurrentes en el periodismo como “farmacodependencia”, “narcotráfico”, “narcoviolencia”, narcomenudeo, narcocultura, y una variedad de vocablos con el prefijo “narco” de uso cotidiano en los medios y que convendría analizar a la luz de estas consideraciones que no pretenden ser más que el inicio del debate, así como el análisis de los entretelones del juego del poder en el que tiene innegable influencia la economía negra administrada e instrumentada por los cárteles del narcotráfico, que compiten con los aparatos de seguridad del Estado.

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