¿Control o caos?: el futuro es una moneda al aire

Con todo ese ruido que hacen los medios y los gurús de la tecnocracia global para convencernos de no quedarnos atrás, para estar de lleno en la era digital, hacia la “civilización del conocimiento”, realmente queda poco espacio para la reflexión, quizá porque hemos perdido nuestra capacidad de asombro y sólo aguardamos a que nos alcance un destino cada vez más en poder de los grandes corporativos, como “nuestro” titán Teléfonos de México, parte de un consorcio extremadamente versátil y abarcador.

Pero precisamente porque la velocidad de los cambios nos invade en silencio, sin que apenas podamos advertirlo, varios de los más grandes innovadores de nuestro tiempo empiezan a preocuparse por el curso que está tomando esta revolución tecnológica sin control. Uno de los más preocupados ha sido William Joy, tanto, que publicó hace unos años un artículo de portada en la revista Wired, la prestigiosa revista ultra-tech, para advertirnos que “el futuro no nos necesita”.

Pero veamos esta cita que incluye en su artículo: “Puede argumentarse que la raza humana nunca sería lo suficientemente tonta para delegar todo el poder a las máquinas. Pero estamos sugiriendo, no que el género humano vaya a dar el poder voluntariamente a las máquinas, ni que las máquinas, voluntariamente, tomen el poder. Lo que estamos sugiriendo es que la raza humana podría permitirse fácilmente ponerse en una posición de tal dependencia en las máquinas, que no tendría otra elección práctica que aceptar todas las decisiones de las máquinas, mientras que la sociedad y los problemas que enfrenta son cada vez más complejos y las máquinas se tornan cada vez más inteligentes, la gente dejará que las máquinas tomen cada vez más decisiones por ellos, sencillamente porque las decisiones hechas por máquinas brindarán mejores resultados que las efectuadas por humanos.

“Eventualmente se alcanzará una etapa en que las decisiones necesarias para mantener funcionando el sistema serán tan complejas que los seres humanos serán incapaces de hacerlas inteligentemente. En esa etapa las máquinas tomarán un control efectivo. La gente no será capaz de simplemente apagar las máquinas porque será tan dependiente de ellas que apagarlas equivaldría a un suicidio”.

Esta cita no proviene de un preocupado científico arrepentido, sino del más famoso luddista de nuestros tiempos, nada menos que el Unabomber. Pero lo más sorprendente es que el pensamiento de este hombre ha impresionado profundamente a Bill Joy, uno de los fundadores de Sun Microsystems y de los lenguajes Java y Jini.

Para él las coordenadas del peligro se ubican entre tres tendencias tecnológicas en pleno crecimiento: la robótica, la ingeniería genética y la nanotecnología, que prometen transformar radicalmente nuestros conceptos más básicos de la vida y el universo, con la posibilidad de transportarnos hacia el “dominio” extraordinario del universo físico, como lo dibujaron hace casi un siglo Einstein, Heisenberg, Bohr, Gödel, Planck, Cantor, Schrödinger. Sin embargo, estas tecnologías contienen el germen del desastre, en tanto que presuponen la autorréplica de organismos creados artificialmente. La autorréplica sin control en estas nuevas tecnologías conlleva un riesgo formidable: un daño sustancial al mundo físico.

Estas tecnologías son tan poderosas que pueden propagar una nueva clase de accidentes y abusos, los cuales están en las manos de individuos o pequeños grupos, y para utilizarlas maliciosamente no se necesitan materias primas raras como el plutonio sino, simplemente, tener el conocimiento.

Joy reflexiona que durante épocas la ley de Moore se ha mantenido correctamente, al predecir una tasa exponencial en el mejoramiento de la tecnología de los microprocesadores. “Hasta hace un año creí que el grado de avances predicho por la ley de Moore continuaría sólo hasta el año 2010 aproximadamente, cuando llegaran a alcanzarse algunos límites físicos. No era tan obvio para mí que una nueva tecnología llegara a tiempo para continuar en este curso. Pero debido al rápido y radical progreso en la electrónica molecular –en la cual átomos individuales y moléculas sustituyen a los transistores– y tecnologías relacionadas en una nanoescala, estaríamos en la posición de alcanzar y hasta exceder el nivel de progreso de la ley de Moore por otros treinta años.

Para el año 2030 seremos capaces de construir máquinas, en grandes cantidades, un millón de veces más poderosas que las actuales computadoras personales. Mientras que este enorme poder de cómputo es combinado con los avances manipuladores de las ciencias físicas y el nuevo, profundo entendimiento de la genética, un enorme poder de transformación estará en manos de los científicos y sus patrones. Estas combinaciones abren la oportunidad para rediseñar completamente el mundo, para bien o para mal: el proceso de réplica y evolución que ha sido confinado al mundo natural, está cerca de alcanzar los territorios de la aventura humana”.

La humanidad ha tenido dos sueños referentes a la robótica:

Que las máquinas inteligentes puedan hacer el trabajo por nosotros, permitiéndonos vivir en la comodidad y el ocio.

Que reemplacemos gradualmente nuestros seres por nuestra tecnología robótica, alcanzando casi la inmortalidad, al poder descargar nuestra conciencia.

¿Qué tan pronto podría construirse un robot inteligente? Los próximos avances en poder de cómputo pueden hacer esto posible para el año 2030. Una vez que exista un robot inteligente, tomará sólo un pequeño paso para llegar a una nueva especie, el robot, que tendrá la inteligencia de hacer copias evolucionadas de sí mismo.

En sus reflexiones, Bill Joy plantea lo siguiente: “gran parte de mi trabajo en los últimos 25 años ha sido en redes de cómputo, donde el envío y recepción de mensajes crea la oportunidad para la autorréplica fuera de control. Pero mientras que la réplica en una computadora o en una red de ellas puede resultar anodina, como la pérdida de información o la caída de una red, una autorréplica sin control en las robótica, nanotecnología e ingeniería genética podría acarrear consecuencias con graves daños al mundo físico.

En 1959 en un discurso memorable, el premio Nobel de física, Richard Feynman, y que más tarde fue publicado con el título: Hay suficiente espacio en el fondo, pregonó las maravillas de un mundo futuro abundante para todos, y 25 años después estas mismas visiones supertecnológicas de una naturaleza reinventada por el hombre fueron expuestas por Eric Drexler en su libro Motores de la creación, en el que describe bellamente la manera en que la manipulación molecular y atómica de la materia resolvería un utópico futuro de plenitud, planteando a su vez que casi todo padecimiento humano o problema físico será atendido por medio de la nanotecnología y la inteligencia artificial. En un libro posterior (Unbounding the future: the nanotechnology revolution), el propio Drexler imagina algunas de las innovaciones que implicará el desarrollo de esta tecnología, con énfasis en la producción de ensambladores a nivel molecular, auténtica caja de Pandora a la vista. Estos ensambladores moleculares trabajarían con una cantidad increíblemente baja y barata de energía solar y Drexler no duda en que serán la clave para: curar el cáncer y otras enfermedades comunes como la gripa, rdeforzando el sistema inmunológico humano; emprender una limpieza completa del medio ambiente; supercomputadoras de bolsillo ridículamente baratas, ya hasta la “restauración” de especies vegetales y animales extintas. Las más aventuradas películas de ciencia-ficción se quedarían cortas.

A simple vista puede verse en la nanotecnología la piedra filosofal soñada por los alquimistas, y Bill Joy se consideraba un entusiasta y después evangelista de la “buena nueva”, dedicándose a difundir sus principios y avances, por lo cual muchos de los problemas actuales se verían con otra luz, optimista y relajada, y así lo expresó en una conferencia en 1989: “sencillamente dediquémonos a hacer nuestra ciencia y no nos preocupemos de los problemas éticos”. Su visión cambiaría diametralmente, como veremos más adelante, pero primero examinemos el pensamiento de otro apologista de la libertad tecnológica y científica, Kevin Kelly, editor de la revista Wired y autor de varios libros, entre ellos Out of control. The new biology of machines, social systems, and economic world (1994), cuya importancia reside en la reflexión acerca de dos maneras de ver el universo: el control o la falta de éste, pronunciándose entre líneas por la primera.

En su libro Kelly acuña una serie de términos conceptuales que tratan de explicar la nueva naturaleza y dinámica de los universos creados por la ciencia y la tecnología en una suerte de co-evolución, en la que se fusionan los ámbitos de lo natural y lo social. A través de su maravilloso compendio reseña los más trascendentales descubrimientos y nuevos conocimientos que desde los años 70 del siglo pasado están conformando la plataforma de la más formidable transformación del planeta, la vida que contiene y, sobre todo, la cultura de sus habitantes inteligentes.

Para expresar sus conclusiones, Kelly inscribe las “Nueve reglas de Dios”, a partir de una pregunta: ¿cómo crear algo de la nada? Y reflexiona: “Aunque la naturaleza conoce estos trucos , no hemos aprendido mucho con sólo observarla. Hemos aprendido más de nuestras fallas en la creación de complejidad y al combinar estas lecciones con pequeños éxitos en la imitación y entendimiento de los sistemas naturales. Por eso, desde las fronteras de las ciencias del cómputo y los extremos de la investigación biológica y los extraños rincones de la experimentación interdisciplinaria, he conjuntado las Nueve Leyes de Dios, la incubación de algo, desde la nada:

  • Distribuir el ser
  • Controlar desde abajo
  • Cultivar los crecientes retornos
  • Crecimiento en fragmentación
  • Maximizar las periferias
  • Enaltecer los errores
  • No buscar lo óptimo; fijar múltiples metas
  • Buscar el desequilibrio persistente
  • El cambio se cambia a sí mismo

“Estas nueves leyes son los principios organizativos que pueden encontrarse en los sistemas operativos, tan diversos como la evolución biológica y en el popular juego electrónico SimCity”.

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