De festivalitos, festivalazos y festivaleros de arte contemporáneo

En la preparación de un artículo bien documentado sobre los diferentes modelos de producción, promoción y consumo de arte de los últimos años en la capital del país, desde las volátiles y pragmáticas “políticas públicas” y los criterios empresariales de jerarquización y prioridad, parace comprobarse una tendencia decadente al rebajamiento, la adulteración, el recorte y demás calamidades que atacan siempre primero al arte y la cultura, que son las “hermanitas pobres” a la hora de repartir los centavos de la manera más “productiva y económica posible”. A no ser que se trate de turismo o alguna espectacular campaña de los “poderes fácticos”, las vacas flacas para lo que se llama “independiente”, “alternativo”, “innovador”, cada vez están más flacas y duran ya más de siete años.

Varias de las víctimas de este salvajismo “desculturizadas” de las actuales autoridades federales y capitalinas son el Festival de México, con un brutal recorte a su presupuesto en su más reciente edición que terminó sin pena ni gloria hace algunas semanas, y ahora la Zona Maco presenta un perfil similar, pero se suman también a las campañas por la lectura, y otras más generales y básicas. Lo peor es que en este país la estructura cultural oficial, que incluye a funcionarios, promotores, patronatos, ejecutivos, suele ser una de las más opacas a la hora de rendir cuentas, que sencillamente no se da.

En fin, en esas estaba cuando me encontré el domingo con este artículo, que tan bien expresa este momento en que la seguridad, la violencia, la falta de incentivos de todo tipo encabezan las máximas preocupaciones de hoy y el arte y la cultura, se van por el caño del pragmatismo del lumpen-capitalismo.

Vaya como entremés de ese artículo las reflexiones de Carlos Aranda Márquezen el suplemento El Ángel del periódico Reforma con el título “La pérdida del reino. Ecos de la Zona Maco”, que este 2011 llegó a su límite como feria de arte contemporáneo, dice el curador. Aunque pondera algunas propuestas –no más de tres y además de fuera– que en sí mismas valieron la pena para comprar el boleto de 100 pesos, pero las galerías mexicanas, apunta “en realidad, eran colectivos que, al ser coptados por el mercado, decidieron jugar con las reglas del mercado e inventarse su propia galería para promoverse”. Siente Aranda, sobre todo, que una de las víctimas fue el programa OFF Zona Maco, que “tenía una vitalidad inédita, la crisis obligó a que no hubiera ninguna propuesta de este tipo este año. Lo cual es terrible, porque eso nos indica que los artistas prefieren aceptar las terribles leyes de la oferta y la demanda del mercado…”

Termina, demoledor, diciendo que “los cinco días de SITAC y los seis de Zona Maco, generan un estado de excepción en el que todos los actores se ponen sus mejores galas, tienen sus mejores exposiciones y hasta pareemos un país del primer mundo, se van las gentes extranjeras y bonitas, y regresamos a nuestro terrible estado gris, donde el único color al que nos hemos habituado es el rojo de la sangre de la guerra. Debemos recordar que el arte y la cultura son la primera trinchera contra la barbarie…”

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